“¿Qué clase de revolucionario sos, brother?”, le pregunta Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio) al “Camarada John” desde su antiquísimo celular, iluminado por la tenue luz de la habitación de su amigo, Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), en una de las escenas más cómicas y tensas de la película. El personaje de DiCaprio está desesperado por saber el paradero de su hija Willa (Chase Infiniti). Del otro lado, le hacen preguntas protocolares que él, dieciséis años de marihuana después, no sabe cómo responder.
Además de funcionar como crítica a la lógica burocrática que logró allanar todos los terrenos de nuestra vida social, la pregunta abre la línea de tensión que organiza toda la película: las distintas formas de entender qué significa hacer una revolución.“Revolucionarios eran los de antes”, podría haber pensado Bob en ese momento. Y quizás hubiese tenido razón. Antes podían reunirse bajo el fuego o tener sexo mientras explotaba una bomba. Eran otros tiempos. Tiempos en los que había menos herramientas digitales. Tiempos en los que podían agitar armas sin usar máscara. Tiempos en los que todos vivían.
Durante la primera media hora de Una batalla tras otra, la última película dirigida por Paul Thomas Anderson y megagalardonada en los Oscars el domingo pasado, Bob se presenta como un flamante guerrillero dispuesto a dar la vida por la causa. Libera inmigrantes, pone bombas en bancos, hace estallar centrales eléctricas. Una especie de montonero versión Hollywood. Forma parte del French 75, un grupo de jóvenes armados para la liberación, en el que conoce a Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), con quien tiene a Willa.

Willa encarna, por primera vez y de forma concreta, la pregunta que hará su padre aproximadamente una hora después. Perfidia no quiere cuidarla: se niega a relegar el proyecto revolucionario para convertirse en un cuerpo que amamanta, y por eso no entiende –o no quiere entender– los planteos de Bob en torno a la familia. El ideal de“tener hijos para la revolución” no le alcanza: hacerlo implica criarlos, alimentarlos, enseñarles a leer y a escribir, a moverse solos y, recién entonces, a luchar por una causa. Para ella, la urgencia es otra, como plantea el Che Guevara en La guerra de guerrillas: “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”. Su propósito es, efectivamente, crearlas.
Voy a preferir ignorar la parte en la que “colabora” y “vende” a sus compañeros: considero que es muy fácil juzgar estando por fuera de una situación de tal calibre y que, en definitiva, se escapa del hilo de esta nota. Vamos al segundo comienzo de la película, una vez que los militares, encabezados por Steven J. Lockjaw (Sean Penn), ya aniquilaron a casi todos los integrantes de la guerrilla. Solo sobreviven unos pocos que se escapan y forman una vida en la periferia.
A partir de eso, lo que sabemos: Bob se convierte en un paranoico desempleado y adicto a la marihuana. Básicamente, en un fracasado. Tiene la famosa llamada del inicio de esta nota. Lo interesante de la llamada es lo que la rodea. Sergio dirige la evacuación de decenas de familias migrantes, busca un arma, saluda a su familia, le gira una cerveza.
Mientras espera que lo deriven a otro miembro de la organización, Bob le agradece y pide disculpas por haber llevado semejante desastre a su hogar. Su amigo intenta calmarlo diciéndole que llevan años sitiados sin que pase nada (como diciendo que “en algún momento iba a pasar”) y cierra con un “don’t be selfish”. En la película, la línea está traducida como “no seas egoísta”, pero considero que el guion apunta más a un “no seas egocéntrico”, relacionado al carácter grandiocuente que se le había dado, hasta ese entonces, al movimiento revolucionario. Un salto de sentido que abre un nuevo campo de discusión en torno a la pregunta del comienzo.
Sergio St. Carlos plantea una idea de revolución alejada del reconocimiento público. Mientras Perfidia insiste en que debe ser espectacular –“Hacelo bueno. Hacelo grande. Hacelo brillante”, le dice a Bob en los primeros minutos del filme–, Sergio trabaja ayudando a familias migrantes perseguidas por la policía, tejiendo redes. Apuesta todos los días por otro futuro posible y confía en que, si es prolijo y constante, su trabajo no será en vano. Es la misma lógica que la de los comedores, centros culturales o clubes barriales de nuestro país.
¿No es esa otra cara de la revolución? ¿Puede una revolución atender, en cierta medida y al menos en un principio, a las reglas del juego?

En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau plantea que, como individuos, siempre nos movemos en territorio ajeno. Como no participamos en el diseño del orden social, las reglas no nos pertenecen. Por eso, resignificarlas es, en sí mismo, un acto creativo. A esas formas de intervención las llama “tácticas”. Las tácticas son subrepticias, dispersivas, silenciosas y, por su propia naturaleza, pertenecen a los débiles. Sergio es un “táctico” por excelencia. O sea… da clases de karate: no se me ocurre una disciplina más táctica que la defensa personal.
Según el autor, el Poder (sí, con P mayúscula) se mueve, en cambio, en torno a “estrategias”. El Estado, las instituciones y las empresas son las que organizan el espacio, las leyes de lo permitido. Tomar las armas para voltear ese orden es, entonces, intentar crear nuevas estrategias: “La revolución armada es la única manera. Nadie me va a decir que vote”, grita Perfidia en un teléfono público antes de hacer estallar un edificio gubernamental.
Me surgen varias preguntas: si en los setenta y ochenta el modelo de la Revolución Cubana funcionaba como horizonte, ¿es posible sostener hoy esa misma lógica?, ¿existe la posibilidad de crear nuevas estrategias, de transformar al mundo de raíz?, ¿qué hubiera pasado si la French 75 tomaba el poder?, ¿hubiesen sido capaces de hacerlo?
Para analizar esta última pregunta hay que pensar en Steven J. Lockjaw, el enemigo por excelencia. Es un clásico WASP –como le dicen los norteamericanos a los típicos blancos anglosajones protestantes–, obsesionado con la supremacía blanca, con aspiraciones de pertenecer a una élite de multimillonarios al estilo Donald Trump (no hace falta prestar mucha atención para notar la similitud entre el líder de El Club de Aventureros Navideños y el actual presidente estadounidense).
El coronel arriesga su vida por la causa de “limpiar” al país. Pone el cuerpo tan literalmente que termina desfigurado, agónico. Ese poner el cuerpo demuestra que él también se mueve bajo la lógica de las tácticas: aprovecha su lugar para intentar imponer sus propios deseos. No tiene facultad decisoria en las reglas bajo las cuales se mueve el mundo, a diferencia de sus compañeros estrategas, que (¡spoiler alert!) lo terminan matando sin mucho revuelo.
Ver cómo lo matan con tal facilidad es entre gracioso y triste. Una llamita se apagó adentro mío: no por Steve, sino por la revolución. Hubo un momento en el que pensamos que él era el único que impedía que ésta fuera efectiva, que solo bastaba con eliminarlo para hacerla posible. Pero la escena del gas deja en claro que grupos como los de los aventureros navideños son los que, desde sus oficinas blancas en un piso altísimo, mueven los hilos del futuro de todo el país. Nadie sabe dónde están ni quiénes son. No se manchan las manos para eliminar al enemigo porque no hace falta. Son impunes.
Un amigo me comentó que el cierre le parece derrotista y, en cierto punto, lo es: nos hace dudar acerca de qué tipo de cambio es realmente posible. Sin embargo, esta duda puede ser el puntapié para repensar en qué tipo de revolución creemos –si es que aún creemos en una– las nuevas generaciones y, sobre todo, cuál de esas formas estamos dispuestos a sostener. En la última escena, Willa habla con sus amigos y va a marchar. Salir a la calle sigue perteneciendo a la esfera táctica –más cerca de Sergio que de Perfidia– pero eso no significa que no sea efectivo. Por nuestros pagos tenemos aún muy frescas las movilizaciones por la legalización del aborto, para dar un ejemplo concreto.
No sé si la película deja en claro qué modelo es el indicado o si existe uno que lo sea (aunque, por cómo es tratado el personaje de Benicio del Toro, me inclino a pensar que es en el que más cree Paul Thomas Anderson), pero nos deja una ventana abierta para hacernos los DiCaprio y preguntarnos qué clase de revolucionarios somos o, en su defecto, qué clase de revolucionarios queremos ser.