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Web y eso
21 mayo 2026

Otro palabrerío sobre las redes sociales

Una humilde reflexión sobre algoritmos, botox preventivo y por qué lo más fácil siempre es sentarse a scrollear.

8 minutos de lectura
Escrito por Delfina Bassini

Las redes sociales son el espacio en el que pasa buena parte de la socialización de las personas. Consumimos, likeamos, interactuamos, compartimos, comentamos, contamos a anónimos nuestros pensamientos y hasta nuestros secretos, scrolleamos, scrolleamos, scrolleamos. Qué abrumador. Básicamente, son una cloaca que sin que nos demos cuenta se alimenta de y nutre nuestra apatía.

Son la vía de escape más rápida y efectiva de la realidad que puede azotar, pero, a su vez moldean, ese mundo que habitamos.

El hombre unidimensional

Caras serializadas, expresiones repetidas hasta el hartazgo, videos cada vez más cortos que funcionan casi como una lobotomía están aplanándonos y sacando de en medio el obstáculo de la individualidad para convertirnos en sujetos pasivos de acción y pensamiento. Herbert Marcuse en 1964 hablaba del hombre unidimensional. En pocas palabras, vendría a ser el individuo que pertenece a una sociedad industrial avanzada, la cual neutraliza toda forma de oposición o pensamiento crítico no mediante el terror, sino a través de lo que llama “racionalidad tecnológica». Con esto, se refiere al principio organizador de aquella forma de vida, en la que la tecnología opera como un sistema de control apoyado sobre una doble base: los grados de eficiencia cada vez más altos y un nivel de vida creciente.

Voy a focalizarme en lo primero: ¿qué tan eficaz puede ser un sistema productivo si hay direcciones opuestas de pensamiento y de ver el mundo? Y acá no quiero sonar pasada de rosca; estoy siguiendo la línea de análisis propuesta por Marcuse. Él plantea que antes, el hombre era bidimensional, teniendo un aspecto de pensamiento crítico o negativo. Sin embargo, ahora eliminó esa capacidad y se reduce a aceptar el mundo que lo rodea tal como se le es presentado.

Algoritmo pasivo

El algoritmo está completamente sesgado porque quiere ser cómodo para el consumo; va a evitar todo lo que haga ruido en el usuario. Siempre hay dos lados de todo en las redes: a favor o en contra. No hay grises ni puntos medios, ni hablar de ver opiniones disidentes a la propia. Incluso pareciera que muchas veces la gente opina solo para ser parte de la masa de opinólogos y sentir que tienen algo propio para decir, cuando en realidad está repitiendo lo mismo que dicen todos, algo que, como se habrán dado cuenta, me encanta hacer a mí. Pero a lo que quiero ir es a lo siguiente: ¿hasta qué punto estamos opinando libremente y no solo siguiendo lo que dicen aquellas personas que el algoritmo nos muestra?

¿Existe, entonces, la libertad de pensamiento en las redes sociales o tenemos que ir a buscarla?

Tendencias y consumo

Estoy escribiendo todo lo que voy pensando y en realidad me estoy desviando de lo que quería decir. Otra de las maneras de opresión que la tecnología ejerce sobre las personas, según propone Marcuse, es mediante la creación de falsas necesidades. Las modas duran poco: lo que hoy es vanguardista, mañana está obsoleto. Las necesidades nos aparecen precondicionadas por intereses externos. De pronto aparece una publicidad mientras miramos historias, interactuamos con ella, sumamos clicks, tráfico, después aparecen influencers intentando vender el mismo producto, que tienen ese pelazo por usar casualmente el shampoo de supermercado que los patrocina y no por hacerse tratamientos en la peluquería. Entonces lo necesitamos. Necesitamos comprar el producto para acercarnos aunque sea un poco a ese estilo de vida al que aspiramos para pertenecer a esa imagen creada artificialmente para el consumo en redes.

Personalmente siento que tengo algunos talentos completamente inútiles bastante bien desarrollados. Uno de ellos es percibir esas tendencias que van a durar poco. Mi epifanía apareció con esa aplicación que en su momento llegó a patrocinar la Copa América en 2021, Kwai. En mi cabeza era lógico que no iba a durar ni un año, y así fue. Me sentí imparable. Sin embargo, a día de hoy sigo cayendo ante cada microtendencia efímera. El año pasado fue la ropa a rayas: adonde fueras, todos teníamos el sweater blanco y negro rayado, con distintos cortes y lo que quieras… pero todos eran lo mismo en definitiva. De hecho, siento que es la prenda que más usé, hasta mi avatar de Meta tiene ese pullover (qué tema el de las identidades digitales también, ¿no?). Esta vez, es el turno de los lunares; aunque en menor medida de furor, ahí estaba yo comprándome un top divino que hasta ahora solo encontré dos ocasiones para usar.

Marcuse decía que la satisfacción de estas necesidades genera una euforia dentro de la infelicidad haciendo que el individuo encuentre su alma entre sus posesiones y se sienta identificado con ellas.

(Hablábamos de que mi sweater rayado es parte de mi identidad virtual recién, ¿o no?). La idea artificial de la personalización de productos está directamente vinculada a eso. Sería, por ejemplo, la customización de las pulseras de Pandora con charms. Buscamos pertenecer mientras seguimos creyendo que hay un espacio para la identificación personal.

Las filas eternas en Estados Unidos para comprar el vaso térmico de Stanley en colaboración con Starbucks son el reflejo perfecto de esto que proponía Marcuse. Pasó tiempo desde eso, sí (no tanto en realidad), pero había gente casi que acampando afuera del Target antes de que abriera para entrar desaforados y poder conseguir un ejemplar del último modelo que había salido a la venta. Y debe ser muy cómodo para tomar y todo eso, no lo niego. Pero sentir la necesidad de sacrificar el tan preciado y escaso tiempo que tenemos para ir a pagar un sobreprecio por un producto que dentro de unos meses va a ser visto como algo del pasado, mientras buscan el nuevo producto de deseo, es un claro ejemplo de cómo la tecnología moldea nuestro deseo y la falta que sentimos si no lo estamos satisfaciendo.

Algo parecido siento con el botox. Cada vez se insiste más en que hay que empezar a aplicarlo antes de que sea tarde y nos hagamos unas pasas de uva arrugadas, deshidratadas, envejecidas, feas, horribles y nos odiemos a nosotras mismas. Un tratamiento preventivo, dicen. Y cuando el botox no aguante más el peso de la cara, un lifting facial, hasta que aparezca algo nuevo que dure menos, salga más caro y nos haga querer más todo el tiempo. Es hasta impresionante ver a actrices sin expresiones faciales, o a chicas jóvenes intentando poner lo que llamo “cara de botox” en las fotos: acomodar meticulosamente la cara para que parezca que tenemos los labios un poco más grandes, o la nariz un poco más fina o las cejas más levantadas. Es bastante fácil, acá dejo un dibujo de cómo se ve para no usar una foto de una persona real. Pero todas tenemos que tener la misma cara, ser inexpresivas, ponernos rellenos (o simularlos) para sentir que no nos quedamos atrás y seguimos siendo lindas… y qué difícil seguir el ritmo imparable de los estándares de belleza que cambian sin dejar aliento.

Y si bien sí, siempre estuvieron los estereotipos, ahora pareciera que todos tenemos que pertenecer a algo. Las “girls”, que a esta altura es un sufijo carente de sentido, están para hablar de los intereses o preferencias estéticas y no sentirnos afuera. Siempre hay una clase de “girl” para todo. Y los tipos también. “Niños corpo” haciendo fila en la Feria del Libro para que Beltrán Briones les firme un ejemplar y ni siquiera los mire a los ojos ni les pregunte el nombre: abre la tapa, firma, cierra, posa para la foto y que pase el siguiente. Además, aprovechando que estamos hablando de él, dijo en una entrevista con Germán Beder que la inteligencia artificial le ayudó a escribir el libro en diez horas ¡por favor, y la gente tardando meses e incluso años! Básicamente, lo que hacía era dictarle al asistente lo que quería que se leyera en el texto, y el chatbot lo transcribía, lo que hizo que no tuviera que estar “tipeando como un boludo” (sic). Y una acá hace semanas escribiendo este artículo divagante releyendo y corrigiendo mil veces.

¿Y entonces?

Perdón por lo autorreferencial, es algo que detesto, pero lo que iba a ser un texto crítico terminó resultando en un descargo y una manera de intentar encontrar la manera de escapar de esto ¿Existe la posibilidad? No lo creo… Lo sigo pensando, pero por ahora lo que se me ocurre es volver a lo artesanal (¡no olvidarnos de lo artesanal!).

Quizás el refugio está en volver a lo que nos hace únicos, a lo que nos da un tema de conversación propio y no dependiente de las redes sociales, a mancharnos la mano con tinta escribiendo, a frustrarnos, a aprender a equivocarnos, a desarrollar un estilo propio, a encontrarnos, a burlarnos de nuestras personalidades ficticias en las redes, a romper, desarmar y volver a construir.

Creo que lo más fácil es sentarme a scrollear.

fin

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